Ella se levantó aquel día, su pequeño gato negro la había despertado, era hora de comer. Ella siguió en cama, el maúllo de Caín continuaba. Ella siguió con los ojos cerrados. No existía, no por el momento. El sueño de aquella noche aún acariciaba su cansada mente. Suspiro tras suspiro se ocultó tras las sábanas de seda de su camita, su escudo contra Bestias y Fantasmas, contra Asesinos y Espectros evitarían que los maúllos de su bolita de pelo negra llegasen a desquiciarla.

Finalmente, tras recordar varias veces aquel frío y sin vida rostro que le sonrió de forma fantasmagórica en su sueño, se levantó.

Un largo vestido blanco como la más pura nieve se deslizó desde el delicado y estrecho cuerpo de la joven hasta el suelo. Un largo y sencillo camisón de seda.

Caminó descalza sobre la madera tostada del suelo, de su pequeño cuarto hasta el pasillo, en penumbra, como siempre, como le gustaba, en su frente, el espejo.

Austero, estrecho y alargado. Triste y solitario en aquella triste y solitaria pared. Siempre reflejando blancura. Siempre reflejando pureza.

Ella avanzó dirigida por un hambriento felino de pelo oscuro y pasó frente aquel espejo. Se vio a si misma, vio a su difunta hermana en él. Pasó a su alrededor y… sintió de nuevo aquellos dedos fríos, helados, que susurraban en su pálida y suave piel.

Y de nuevo se estremeció.

Tras abrir la lata de la comida para gatos, un feliz Caín devoraba ávidamente su rica comida “rica en vitaminas” como anunciaba la lata.

Desde la cocina, su mirada fija en aquella parte del espejo, del cual salía una mortecina, pálida, fantasmagórica y delgada pierna.

-Ya basta!

Suspiró varias veces. Allí no había nada. Abrió unos ojos cerrados y miró, efectivamente, allí no había nada. Nada. Nada.

Nada.

Sólo penumbra.

Tiró la lata a la basura, vacía, y se acercó al jarrón de la entrada, otro espejo la mirada, otros ojos (además de los suyos) la observaban.

-No existes.-dijo.

Le susurró el espejo a ella.

-Sólo eres un…-dijo

-Reflejo.-continuó diciendo su reflejo…y su hermana.

Cerró los ojos y perdió la visión de la muerte, de la muerta. Se estremeció. Noto cálida lágrimas transparentes surcando su casi transparente piel. Si no la veía, no existía para ella. Si no la atormentaba no exist…

Abrió los ojos de golpe y se apartó, su espalda colisionó sin demasiada fuerza con la blanca pared. Algo había besado sus lágrimas. Llevó una mano a la fría mejilla, contacto helado. Sólo el rastro de una antigua y desaparecida lágrima.

Transparente.

Inexistente.

Como ella.

Sola.

Cogió las rosas blancas, marchitas, grisáceas, tristes, muertas. Salió al balcón, blanco y las tiró. Al suelo, de plaqueta blanca, blancas flores marchitas lo inundaban.

Volvió a su cuarto y se metió en la cama. Se durmió.

Ella se levantó aquel día, su pequeño gato negro la había despertado, era hora de comer. Ella siguió en cama, el maúllo de Caín continuaba. Ella siguió con los ojos cerrados. No existía, no por el momento. El sueño de aquella noche aún acariciaba su cansada mente. Suspiro tras suspiro se ocultó tras las sábanas de seda de su camita, su escudo contra Bestias y Fantasmas, contra Asesinos y Espectros evitarían que los maúllos de su bolita de pelo negra llegasen a desquiciarla.

Finalmente, tras recordar varias veces aquel frío y sin vida rostro que le sonrió de forma fantasmagórica en su sueño, se levantó.

Y así continuaron los días para la mujer fantasma. Interminables y efímeros. Muertos y desquiciantes. Tranquilos y vivos.

Y así pasaron las noches para la mujer-nada. Efímeras e interminables. Tranquilas viviendo. Desquiciantes sin morir.

Hasta hoy…

Hoy se levantó la mujer espectro, su camisón blanco lamiendo su blanca piel, entre blancas paredes. Lagrimas blancas, transparentes resbalando por su transparente, blanca piel. Y abrazos blancos y transparentes de los muertos.

Ella bajó por unas escaleras blancas, en caracol, adornadas de un rosal, hojas blanquecinas por el frío de la mañana, rosas blancas comenzando a despertar del frío de aquella noche. Un vaho blanquecino salía de su boca, una perfecta y deseable boca…pero teñida de un blanco mortal.

Una pequeña bola de pelo negro seguía los pasos descalzos de la Mujer-Espectro. Despacito, hacia dos grandes puertas…también blancas.

Notando cada vez más frías caricias de su hermana difunta, frías y mortales se metió dentro del alabastrado garaje. Donde una gran jaula cuidadosamente pintada de blanco guardaba a una muchacha, en apariencia inconsciente.

Ella abrió la puerta abarrotada y entró, en un paño blanco empapado en cloroformo sentenció la hipotética consciencia de ella, la muchacha de tez clara y cabello rubio que estaba en el interior de la jaula. Su hermana. Difunta.

Difunta…para quién?

La Mujer-Nada arrastro a una inconsciente muchacha al cementerio de rosas, donde el cálido pero débil rayo de luz iluminó su rostro. Ella. La mujer del espejo. La que acompañaba a la dama de blanco cada día, cada muerte, cada noche.

Con la que soñaba.

Ella, Tras el Espejo.

Era hermosa pero se veía débil. Demasiado delgada y con un tenue pero existente color azulado bajo los ojos. Demasiadas horas encerrada, sin dormir, sufriendo en silencio.

Tras cerrar la puerta con la llave que llevaba por colgante, de una cadena de oro…blanco cogió a la joven inconsciente de sus manos atadas y comenzó una difícil subida por las escaleras de caracol.

-Yo soy tú. Tú no Existes. Sal de mí!

Los casi blanquecinos ojos de la Mujer-Espectro miraron al sol, directamente, durante un rato, después, agarrándose a un espinoso pasamanos, retomó la subida. Por las escaleras blancas comenzaron a asomar pequeñas gotitas rojas. En el campo de rosas, existen las espinas. En las escaleras de rosas, existen las espinas. Y las espinas son capaces de clavarse…más fácilmente que un puñal.

Tanto la Mujer-Espectro como la joven inconsciente, heridas por rosas blancas, moribundas.

Tanto la Mujer-Espectro como la joven inconsciente, sangrando, sobre escenario blanco. Abismal.

No sin esfuerzo Ella, la Mujer-Nada dejó a su víctima en la cama blanca, de aquella habitación blanca, con cortinas blancas pero…suelo de madera, oscuro.

La joven inconsciente abrió los ojos. Verdes. Muy verdes.

-Nadia…?-murmuró.

La Mujer-Nada, Nadia, avanzó hacia la joven de esmeraldas por ojos y la observó. Demasiado tiempo sin escullar su voz.

La joven se incorporó como pudo, un azulado vestido, rasgado, raído, deslizándose por un cuerpo demasiado delgado. Demasiado golpeado.

-Nadia…ya está.

La Mujer-Espectro no dijo nada, se limitó a golpear a la dulce muchacha con fuerza sobrehumana y esta cayó, sin fuerza, sobre el suelo. No sin antes golpearse contra la blanca pared y teñirla, en parte, de escarlata.

-No soy Nadia. No soy Nadie. Soy Tú.

-Ya basta, Nadia!

Un nuevo golpe de la Mujer-Espectro a la joven Esmeralda le provocó un largo pero intenso gemido de dolor.

-Soy Tú.-continuó murmurando Nadia mientras volvía a la cocina a recoger lo que anteriormente había estado buscando.- Soy Tú.

La Mujer-Espectro volvió a arrastrar a su herida víctima hasta el Espejo.

-Tú. Tú. Me has estado atormentando desde que te encerré. Tú. Siempre tus caricias inexistentes. Siempre fija tu mirada en mi, en el Espejo. Siempre susurrando que no Existo. Si Existo, y soy Tú. Tú, en cambio, has muerto. No eres Real. Y hoy…voy a comenzar a vivir, sin ti.

Tras decirle esto a Esmeralda le clavó el cuchillo de cocina que esgrimía en su mano izquierda en el cuello, borbotones de sangre comenzaron a emanar de ella. Mientras la agonía de la muerte la iba dejando inconsciente.

El vestido blanco, la piel blanca y las paredes de color alabastro comenzaron a teñirse con la sangre de la joven. El rojo de vida y muerte comenzó a extenderse por la casa y por el Ser Inexistente, la Mujer-Espectro.

Esmeralda murió aquel día pero, antes de ello, susurró a su hermana de sangre, Nadie, Nadia.

-Jamás serás yo. Sólo un Reflejo…Tras el Espejo.

Tras esto, loca de ira y desesperación ,la Mujer-Nada se levantó. Con el cuchillo rojo tiñó las paredes. Colérica clavó el cuchillo varias veces en el espejo de la entrada, una vez, otra vez, y de nuevo… lo clavó en el Espejo. Una mano roja apoyó sobre el cristal resquebrajado, y cortes se hizo.

-Yo soy Real! Yo soy Tú! Yo Existo!- lloró una vez y otra vez.

Soltando el cuchillo, agarrando pedazos de espejo, destrozándolos con sus manos desnudas, sus pies descalzos. Y…con rabia, se dirigió hacia ese espejo estrecho, en penumbra. Donde cada día Esmeralda rozaba su piel blanca. Donde cada mañana la atormentaba. Su acto. Su mentira. Mentira al Mundo. Mentira a la Nada. Mentira a Nadie. Mentira a Nadia. Mentira a si misma.

Golpeando aquel espejo. Fundiéndose con él. Rompiendo la Mentira.

_____

Cuando los forenses entraron en la casa, lo primero que vieron les impactó. A la entrada un gato negro maullaba por su comida delante de un espejo estrecho, en penumbra, roto. Tras él, el recuerdo de la Nada. El recuerdo de Nadie.

Tras el Espejo.

Favole